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¡Qué lecheros!

Probablemente tanto el lector como el que escribe, durante los últimos días ha seguido con atención el conflicto sobre el precio pagado por al materia prima entre algunos  ganaderos y empresas del sector lechero. Independientemente de quien tiene la razón  en este punto, creemos que la manera en que los ganaderos han manejado la expresión de su protesta, lejos de ganarles la aceptación del público, les ha generado muchos anticuerpos. ¿Por qué nos desagradó tanto ver a los manifestantes derramar leche en signo de protesta? ¿Por qué nos chocó todavía más saber que enviaban al sacrificio a algunas vacas lecheras, para mostrar su disconformidad con los términos del intercambio? Además del desagrado por el desperdicio económico realizado, que de por sí es reprensible, sin duda influyó en ese sentimiento la especial relación que los seres humanos tenemos con la leche.

Siendo nuestro primer alimento, la leche tiene la ventaja de todos los primeros, la de convertirse en el símbolo de la categoría. Leche es por tanto para nosotros sinónimo de alimento y de vida. Tan es así que, no es necesario ser psicoanalista para afirmarlo, la leche es la evidencia concreta del amor de la madre y de la relación que todos tenemos con ella. Y, además, los hombres somos los únicos seres que tomamos leche de otros animales, y que, además, la tomamos hasta cuando somos grandes.

Si vamos más profundamente e indagamos en el inconsciente colectivo de los peruanos, veremos que tenemos más razones para sentirnos mal con ese tipo de protestas. Todos recordamos las épocas relativamente recientes cuando, por el control estatal de precios, debíamos hacer colas inmensas o pedir muchos favores para conseguir unas cuantos litros de esa leche que hoy se derrama. Quizás también, aunque nos preocupe la situación de esos ganaderos, hasta podría alegrarnos el ver que es una protesta focalizada en algunos lugares y personas, lo que pone en relieve que el país tiene hoy diversas cuencas lecheras y se autoabastece del producto, mientras antes dependía de la importación y de unas pocas zonas de producción interna.

Pero, más aún, por alguna razón que no he llegado a entender todavía, los peruanos le damos una especial significación a la leche, al punto que es el símbolo de la buena suerte. ¡Un lechero! es –no conozco otro país donde se utilice así el término- una persona con mucha suerte. Por ello hasta puede resultarnos paradójico que algunos productores lecheros no sean “lecheros” y tengan que protestar por sus ingresos.

En cualquier caso, no importa si esta situación resulta de las supuestas ineficiencias de algunos ganaderos, como señalan las empresas compradoras, o si ella se deriva de un supuesto abuso de esas empresas, como señalan esos ganaderos. Se cual fuera la causa, no es buena práctica protestar maltratando el producto, más aún si se trata de la tan simbólica leche. Como a la policía, a la leche también se le respeta.

Rolando Arellano C.

Centrum Católica

Arellano Investigación de Marketing

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