Que
la luz brille, libre
Quizás
algunos lectores de esta sección del diario piensen que la disputa
entre la Universidad Católica y el Arzobispado de Lima es sólo un
incidente entre terceros, que no afecta la economía y la producción.
No lo es, pues en el fondo allí está en juego un concepto básico
para el desarrollo del país.
Isaac
Asimov, quizás el mejor autor de ciencia ficción, cuenta en
“Profesión”, que George Platen, joven inquieto y brillante, fue
desaprobado en el examen de clasificación para recibir la
programación cerebral que le daría instantáneamente un oficio.
Desilusionado por ser enviado a un centro de internamiento a pasar
el tiempo leyendo y discutiendo temas aparentemente intrascendentes
con otros internos, George se preguntó, “si todos los individuos
útiles son programados para un trabajo específico ¿quién hace
avanzar el conocimiento?” Tuvo entonces la revelación que la
sociedad necesitaba darle libertad de pensamiento a gente diferente
como él, para hacer crecer a la civilización y la ciencia.
A
pesar de estar ambientado en el futuro, este cuento recuerda el
sentido de las universidades desde su creación: ser fuente del
desarrollo humano a partir de la creatividad sin cortapisas. En
efecto, de no existir esos lugares en donde se propicia el diálogo
y la discusión de las ideas, probablemente la medicina de hoy,
impedida de estudiar en cadáveres, seguiría intentando sacar
“los malos humores de las enfermedades”. Seguramente la biología
continuaría diciendo que el hombre apareció en siete días y no
hubiera podido ayudar al desarrollo de la agricultura y ganadería.
La literatura se reduciría a unas cuantas biografías autorizadas
de los dirigentes, y la metalurgia estaría en pañales pues se habría
colgado por herejes a los primeros alquimistas buscadores de la
piedra filosofal.
Felizmente
las universidades no solamente permitieron la fertilización de
ideas diversas, sino que ayudaron a defenderlas frente a
inquisidores y dogmáticos. Probablemente Galileo no hubiera podido
defenderse sin el apoyo de las universidades de Pádua y de Pisa, y
la genética no hubiera concebido a la discutida pero revolucionaria
oveja Dolly, sin el respaldo del Roslin Institute.
Todo
muestra entonces que limitar la libertad de pensamiento
universitario -como expresó que quisiera hacer el Ministro de la
Producción en la PUCP, si ésta no cambia de nombre- favorece el
estancamiento social y económico. Como en la novela de Asimov, que
se opone a la programación de cerebros, la sociedad debe entender
que las personas con ideas diferentes, rojas, verdes o amarillas,
son importantes para el desarrollo. Y debe comprender por tanto que
quienes quieren controlar y eliminar las ideas en lugar de
enfrentarlas, son señalados por la historia como enemigos del
progreso.
Ojalá
quienes actúan así reflexionen y cambien su actitud, por que,
contra el oscurantismo, como lo dice su divisa “et lux in tenebris
luxet”, es muy importante que la luz de la Universidad Católica
–y de todas las universidades- siga brillando en las tinieblas,
libre.
Rolando
Arellano Cueva.
Ex
alumno PUCP
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