Me
duele la lengua
El
día 23 de Abril, aniversario de mi pase a mejor vida, se celebró
en la tierra el día mundial del idioma castellano. Normalmente paso
esa fecha sobre La Mancha, visitando los molinos de viento y acordándome
de las aventuras de mi mayor hijo literario, de cuyo nombre no puedo
acordarme, pero las veleidades del azar me llevaron allende los
mares, a la tres veces coronada villa, ciudad de los reyes de Lima.
Hacía
más de medio siglo que no deambulaba por esos parajes pero
recordaba la corrección que había en el uso del idioma, donde
hasta los cantos populares, valses más alegres y vistosos que los
vieneses, sorprendían por su finura y corrección de prosa. Qué
elegancia de frases como “si pasas por la vera del huerto de mi
amada, al expandir tu vista hacia el fondo verás”, “por qué
haz desenterrado mi alegría, y haz hecho más aún la haz puesto en
pié” y “al azar quiero irme a otras playas mecido en la hamaca
de la mar”. Poemas musicales que bailaría si pudiera.
Pero
¡Pardiez! encontré en este viaje que la finura y delicadeza del
lenguaje popular de antaño contrasta con el maltrato que dan al
idioma castellano los criollos peruanos de hoy. No penseis que hablo
aquí del español recién aprendido de los indios andinos y el de
sus hijos recién llegados a las ciudades, que no han tenido
oportunidad de cultivarlo adecuadamente. Tampoco me importuna el
lenguaje que usan los jóvenes para comunicarse entre ellos
directamente o con esas máquinas llamadas celulares. Creo que ambos
casos muestran simplemente que el castellano, como todos los
idiomas, es un ente viviente que evoluciona permanentemente. Me
angustió por el contrario escuchar las agresiones al idioma hechas
por quienes deben cuidarlo.
Escuché
por ejemplo en programas de radio supuestamente respetables decir
que “los ladrones dejaron cerrado la carretera” y “nadies ayudó
a los heridos”. También leí, en periódicos serios, que “los
bancos aperturaron nuevas cuentas”, pretendiendo decir así que
las abrieron. Y, aunque de manera general los publicistas respetaban
el idioma, no os engaño si afirmo que vi anuncios señalando que
“a la policía se la respeta”, sin pensar que a la lengua también
se le debe respetar. Y ni hablar de la multitud de políticos que
dicen “visionar” documentos en lugar de verlos y que
cometen enormes atentados lingüísticos en el parlamento nacional,
sin que nadie reclame. Más grande aún fue mi sorpresa al ver que
hasta el clero, importante guardián de la cultura, repite en plena
misa que “Dios enseñará el camino más excelente”, como si los
superlativos tuvieran niveles. ¡Ay!
.
Pero
lo más fantástico de este viaje fue, no me lo creereis, que luego
de varios siglos sin tener sensaciones en este espíritu vaporoso en
que la muerte me ha convertido, ese día me dolió la lengua.
Firma:
Miguel de Cervantes S.
Rolando
Arellano C.
Centrum
Católica
Arellano
Investigación de Marketing
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