Eternamente
insatisfechos
La
tregua -por el terremoto del sur- de las protestas sociales
recientes de policías, médicos, maestros y ciudades, no debe
hacernos olvidar que ellas vendrán nuevamente y las autoridades
volverán a preguntarse ¿qué hemos hecho para incentivarlas, si
por el contrario hemos mejorado el tratamiento a esos grupos? La
respuesta puede estar en algunas investigaciones de marketing, que
se hacen para medir la satisfacción de los clientes con sus
empresas.
En
efecto, al hacer estudios periódicos sobre satisfacción de
clientes, con autos, bancos o supermercados, con frecuencia
encontramos que la satisfacción del público disminuye a pesar que
la calidad de servicio continúa igual. ¿Qué hemos hecho mal? se
preguntan los responsables sin encontrar explicación lógica.
La razón parece estar en que la insatisfacción permanente es
una característica humana muy profunda. Veamos.
Imagine
usted, señor lector, que para enviar documentos al extranjero su
proveedor de mensajería le dice que lo hará en sólo 3 días, en
lugar de los 5 acostumbrados. Si midiéramos su satisfacción en ese
momento, obtendría una nota muy alta. Ahora, al seguir utilizando
el mismo servicio, ya no le sorprenderá su rapidez y la considerará
atributo normal del trabajo. Al medir su satisfacción allí,
encontraríamos entonces que ella es menor a del momento de la
novedad. Más aún, podría darse que viendo que el servicio no
continúa mejorando, comenzaría a buscar otra empresa más rápida.
¿Qué pasó? Pasó que los consumidores, como seres humanos, nos
acostumbramos a un cierto nivel de confort, al punto que el más
alto nivel de satisfacción obtenido se convierte en el mínimo
esperado en el futuro.
Por
el lado social y político, eso puede explicar por qué maestros, médicos
o policías, a pesar de haber recibido ya algunas mejoras, protestan
con tanta energía. Sin duda una razón es que los incrementos
salariales o los reconocimientos acordados, no son suficientes para
darles una vida decorosa. La otra es que, como en los productos y
servicios, cualquier mejora se transforma rápidamente en exigencia
básica, dejando de ser satisfactoria en el mediano o corto plazo.
¿Qué
les queda entonces hacer a las empresas y gobiernos? Una opción
ingenua sería la de no mejorar, pues siempre habrá exigencias
mayores, con ciudadanos y clientes insatisfechos. Desgraciadamente
eso condenaría a las empresas a perder a sus clientes, pues partirían
con cualquier competidor que ofrezca más. Eso tampoco conviene a
los gobiernos, pues los ciudadanos serían fácilmente conquistados
por otros políticos, sobretodo por aquellos que traen un discurso
populista.
La
opción que les queda es entonces incrementar, conscientemente, los
beneficios a clientes y ciudadanos, aún sabiendo que eso los
“condena” a un proceso de mejora –y de protestas- casi
interminable. Si bien esta opción es trabajosa, es la más lógica,
pues responde a la insatisfacción permanente de la naturaleza
humana.
Ahora
quizás pueda explicarse, señor lector, por qué este artículo no
le gustó tanto como algunos de los primeros que leyó en esta
columna.
Rolando
Arellano C.
Centrum
Católica
Arellano
Investigación de Marketing
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