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El agua de Lima

Hace varios años un amigo extranjero, al llegar a Lima por primera vez me dijo “no me habías dicho que vivías en un desierto”. Sólo en ese momento percibí que Lima estaba situada sobre un gran arenal, pero que los limeños parecemos no habernos dado cuenta de ello. Comprendí entonces por qué nuestros niños dibujan a las montañas de color marrón, cuando casi todos en el mundo las dibujan verdes. Muchos años después, ese mismo comentario me llevó a entender la razón del inmenso éxito que tiene entre el público limeño el remodelado Parque de la Reserva.  

Lima ha tenido siempre una relación ambivalente con el agua. Siendo una ciudad costera,  solamente hace pocos años comenzó a mirar al mar, cuando Larcomar abrió sus puertas y se empezaron a hacer edificios orientados hacia el Oeste. Además, teniendo un nombre derivado del río que la cruza, el Rímac, es una ciudad que está constantemente seca. Tan seca, que su inmensa humedad ambiental –los limeños respiramos agua- no basta para hacer crecer casi ningún verdor en este valle, siendo por ello necesario regar artificialmente todo parque existente. Y, a pesar de ello para algunos lleva todavía el pomposo nombre de “ciudad jardín”. En fin, su relación tan esquiva con el agua, que se fundó oficialmente el 18 de enero, a sólo tres días de la llegada del signo de Acuario.  

Es en este desierto que las últimas generaciones de migrantes fundaron sus casas, plantando en las arenas sus primeras esteras, mientras luchaban con la policía que buscaba regresarlos a los lugares de donde partieron. Es allí donde sintieron, sin duda, el latigazo de la necesidad más básica, la sed, pues, a diferencia de su Sierra o Selva de origen, en Lima nunca llueve, para calmarla. Con el tiempo tuvieron que pagar el agua más cara del mundo, aquella que traía un camión de higiene dudosísima y colocaba en un cilindro que había que cuidar como lo que era realmente, oro líquido. El agua se convirtió  entonces en el bien más anhelado y preciado; en un símbolo de riqueza y bienestar, mucho mayor que la electricidad o el asfaltado de sus calles. 

Por eso, recomendamos al lector que, alguna noche de esta Semana de Lima que comienza, visite el tan criticado Parque de la Reserva. Allí probablemente se asombrará de la variedad de piletas que se han construido, aunque algunas le parezcan de un gusto especial, por decirlo de manera gentil. Pero, si pone atención, verá una intensa emoción reflejada en la cara  de los paseantes. Verá entonces que niños y grandes se deslumbran por las formas diversas de las fuentes y los colores que se les han dado. Y si lo piensa bien, pronto comprenderá que en el fondo la emoción resulta, sobre todo, de ver en Lima tanta agua junta.

Rolando Arellano C.

Centrum Católica

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