Discriminación
y Buen servicio
Recientemente
fui a la agencia de un banco donde no tenía cuentas y se me asignó
un número de atención de mínima prioridad. Mientras esperaba mi
turno pude ver que algunos clientes esperaban 40 o más minutos y
otros eran atendidos en pocos segundos, en función de su estatus.
Aunque el sistema no era novedoso para mí y de primera intención
parecería lógico, el sufrir la larga espera me dio tiempo para
reflexionar sobre él, encontrando algunas razones por las que
convendría revisarlo.
La
primera se basa en que no recuerdo que ser atendido rápidamente en
mi banco actual me haya dado una satisfacción especial con éste,
mientras que la discriminación recibida en el otro banco sí me
generó un fuerte rechazo hacia su calidad de servicio. Por ello, es
muy probable que con esta política el balance de imagen sea
negativo, pues la gran insatisfacción generada en los clientes
aparentemente menos atractivos no llegaría a ser compensada por el
poco incremento de satisfacción que generaría la preferencia a los
mayores. (Nótese que lo que el estratega llamaría “diferenciación”,
es sentido como “discriminación” de servicio por el menos
favorecido). Y eso tal vez tenga que ver con que toda discriminación
–más aún si es tan evidente- siempre es socialmente inadecuada.
En efecto, hacer que unos esperen mucho más que otros, parece tan
poco razonable como, por ejemplo, normar que se sonría sólo a los
mejores clientes, o hacer que unos esperen en sillones, otros en
sillas y algunos parados.
La
segunda gran razón es que la lógica de marketing nos diría que,
siendo importante incrementar la satisfacción de los clientes
actuales, nos debe interesar también contentar a los que no lo son,
pues en ellos está nuestro potencial de crecimiento. Este tema no
necesita mayor profundización, pues un no cliente que viene a
nuestro banco, es sin duda un cliente potencial muy cercano.
La
pregunta que queda entonces es ¿qué hacer para servir rápidamente
a los mejores clientes, sin generar descontento en los otros? La
respuesta no puede ser más simple: tratar bien a todos,
punto. Quien piense que eso es poco práctico, debe recordar la gran
enseñanza que dieron los japoneses cuando, ante la política
americana de que era más “económico” aceptar un cierto nivel
de errores que buscar la calidad máxima, impusieron su política de
cero defectos. Contra la creencia generalizada del momento, hicieron
tambalear a la industria tradicional demostrando que hacer que todos
-absolutamente todos- los clientes queden contentos, era mucho más
rentable, en el corto y en el largo plazo, que una política de
coexistencia entre clientes ganadores y perdedores
No
sé si soy un cliente representativo, pero si lo fuera, las empresas
deberían reflexionar sobre su política, para considerarla solo
como una transición hacia la excelencia en el servicio. Quizás
tienen hoy muchos clientes potenciales que, luego de esperar
demasiado, abandonan sus locales descontentos, y quieren escribir un
artículo como éste.
Rolando
Arellano C.
Centrum
Católica
Arellano
Investigación de Marketing
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