El
cinturón de Estocolmo
Mucha
gente considera que las medidas de fuerza son inadecuadas para
lograr cambios sociales de largo plazo. Sin embargo, un análisis
profundo del comportamiento de los individuos puede mostrar que en
algunos casos, como en el de la obligación de usar cinturones de
seguridad en los automóviles, ellas pueden lograr resultados
exitosos.
En
marketing sabemos que existen tres grandes maneras de cambiar las
actitudes hacia un producto. La primera es apelando a la información,
haciendo que la gente lo conozca, y que además sepa en qué
características supera la competencia. En el caso del cinturón de
seguridad esto se hubiera logrado con campañas para mostrar los
beneficios prácticos de usarlos, aunque no sabemos si eso hubiera
funcionado bien, pues aparentemente mucha gente ya conocía de sus
ventajas y a pesar de ello no los utilizaba.
La
segunda forma de cambiar actitudes es apelando a la emoción,
haciendo que el producto se ligue a algún elemento agradable para
los consumidores y que en consecuencia adquiera parte del agrado de
éste. Para nuestro tema, se hubiera podido mostrar a personajes
admirados por los peruanos, usando los cinturones de seguridad y
recomendando usarlos a sus paisanos. Este sistema podría funcionar
en el largo plazo, aunque nos resulta difícil encontrar ídolos
peruanos –por ejemplo futbolistas-
a los que se les podría mostrar como ejemplo cívico en el
manejo automotriz.
La
tercera forma de cambiar actitudes es la de apelar a la acción,
presionando a las personas a consumir el producto, como hace la ley
que nos obliga a usar los cinturones bajo pena de una importante
multa. El problema aquí es que ese cambio de comportamiento
pareciera que no implica generar una actitud positiva hacia el uso
del cinturón, y se podría sospechar que la gente dejaría de
usarlo apenas vea que el control se relaja.
Felizmente
la complejidad psicológica de los individuos hace que ello no sea
necesariamente así. En efecto, la persona que fue “obligada”a
tomar esa marca de cerveza que nunca le gustó, porque era la única
que había en el restaurante, no puede contentarse con decir
“estoy tomando esta cerveza que detesto”. Por ello, para evitar
esa abierta contradicción entre su comportamiento y sus deseos, el
subconsciente lo defenderá haciéndole creer que “en realidad
esta cerveza es mucho mejor de lo que yo pensaba”. En el caso de
los cinturones, creemos que puede darse este mismo fenómeno y que
quienes alguna vez sintieron que el cinturón solamente lo usaban
las personas miedosas o delicadas, comenzarán a pensar que este
aditamento es un signo de responsabilidad y respeto por la vida.
En
fin, señor lector, no creemos aquí haberle contado nada nuevo,
pues eso que los expertos llamaron “síndrome de Estocolmo”, al
ver que los rehenes se enamoraban de sus captores, ya lo sabíamos
los peruanos desde mucho antes, con nuestro conocido refrán de “más
me pegas, más te quiero”.
Rolando
Arellano C.
Centrum
Católica
Arellano
Investigación de Marketing
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