Al
César lo que le toca
El
2007 ha sido un año de crecimientos en diversos sectores de la
economía, tanto en los mercados tradicionales de Lima como en
aquellos anteriormente olvidados, las grandes mayorías de Lima y
las mayores provincias. Si todos nos felicitamos por ello,
generalmente olvidamos a unos actores principales de estos
resultados.
Este
crecimiento tiene múltiples razones. Una de ellas es el crecimiento
lento y sostenido de los migrantes a las ciudades, que acumularon
bienes durante 40 años lo que hoy les permite un nivel de consumo más
holgado. Otra es el desarrollo de las comunicaciones, que han hecho
que la información no sea un bien de acceso restringido como lo fue
durante siglos. Una tercera razón es la demanda mundial por
minerales, que catalizó la vocación natural del Perú, la de ser
país minero. Un cuarto factor de crecimiento es el deseo mundial
por vegetales, en periodos que sólo pueden producirse en el
privilegiado clima y terreno peruano. El incremento del ingreso
disponible y las comunicaciones, explican en gran parte el mayor y
mejor gasto de los habitantes de las zonas conurbanas. La inversión
minera y la producción agroindustrial, basada en provincias, ayudan
a entender por qué hoy renace el interior del Perú.
Pero
nada de ello hubiera servido sin algo que los peruanos tenemos
dificultad en reconocer: la presencia de inversionistas dispuestos a
arriesgar en proyectos que hoy vemos rentables, pero que al comienzo
fueron un albur inmenso. Así, no debemos olvidar que las Yanacochas
y Antaminas, fueron primero una apuesta incierta en las alturas de
los Andes, en la cual los Benavides y otros decidieron arriesgarse.
De la misma manera, si hoy podemos vanagloriarnos de ser grandes
exportadores de espárragos, recordemos que hace años algunos
empresarios, los Quevedo y otros, empezaron a sembrar en el desierto
esa planta casi desconocida, arriesgando todo el capital que tenían
y el que podían prestarse. Por otro lado, hoy que vemos
supermercados y centros comerciales en todo el país, es bueno
recordar a quienes –como los Wiese- se arriesgaron a invertir en
las “afueras” de Lima y crearon los Mega Plazas, cuando todos
dudaban de esos mercados. Y sin duda las comunicaciones de hoy no
estarían tan desarrolladas si
la Telefónica
no hubiera invertido en el Perú una cifra inicialmente parecía
exagerada para muchos.
¡Qué
suertudos! dicen algunos al ver su éxito presente. La verdad es que
ninguno de estos proyectos, que nos hacen crecer a todos, hubiera
surgido si alguien no lo hubiera estudiado, mejorado y puesto
capital para ponerlo en marcha. ¿La suerte? Quizás, un poco. ¿Los
consultores? A veces ayudan. ¿El esfuerzo y riesgo del
inversionista? Siempre. En este fin de año en que todos nos
alegramos del crecimiento del país, es bueno que reconozcamos que
los inversionistas deben ser apreciados también por su aporte al
desarrollo, más allá del estímulo de recibir los frutos de su
riesgo. Al César, lo que es del César.
Rolando
Arellano C.
Centrum
Católica
Arellano
Investigación de Marketing
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