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¡A la droga dile no!

Quizás con la experiencia aprendida con el fracaso de diversas campañas de prohibición, como la del whisky en los Estados Unidos, los países desarrollados iniciaron una campaña diferente contra el tabaquismo. Hoy, sin haber criminalizado su siembra, ni prohibido el consumo del tabaco, las estadísticas muestran que las campañas contra su uso lograron que la industria tabacalera cuestione su viabilidad a mediano plazo. Esta buena noticia contrasta con las estrategias para combatir drogas como la heroína y la cocaína, que no siguen ese mismo camino.

La justificación “oficial” de la flexibilidad con el tabaco, y no de su interdicción, dice que en una sociedad respetuosa de la gente, limitar la decisión de consumo a una persona  bien informada es atentar contra la base de la democracia. No estamos de acuerdo con ese concepto, pero, si se aceptara eso como cierto ¿Por qué no se dice lo mismo para la heroína o la cocaína? Como en muchos temas que parecen ser únicamente de orden moral, la respuesta tiene muchas implicancias prácticas y económicas. 

Un análisis inicial nos mostraría que la amapola -planta de la que se extrae la heroína- y la coca, no crecen en las zonas frías en que se encuentran la mayoría de países desarrollados, donde sí se cultiva bien el tabaco, en Virginia por ejemplo. No parece accidental además que el consumo de marihuana, que fue largamente penalizado cuando ésta era importada de Colombia o México, se haya  semi-legalizado en estados norteamericanos como California, que es hoy importante productor de esta hierba.  

Un segundo aspecto nos diría que el mayor beneficio económico del tráfico de drogas se da en los países consumidores y no en aquellos productores o comercializadores. Así, los agricultores de Perú o Bolivia reciben cerca del 5% de los ingresos del negocio; los intermediarios colombianos o mexicanos se quedan con un 20%, y las ganancias restantes son obtenidas por las mafias comercializadoras del país de destino. En otras palabras, los más beneficiados con la prohibición de las drogas son las mafias de los países ricos, que en un mercado legal perderían su poder de manejo del comercio.  

No tenemos la mínima duda de que la producción de drogas debe desincentivarse, pues con ella pierde toda la sociedad. Sin embargo, creemos que, por su bien, los países consumidores deben sincerar sus intereses por y contra la prohibición de drogas y, sin llegar a legalizarlas, aceptar lo que la economía señala insistentemente: que mientras haya demanda de algo, existirá producción para satisfacerla. Luchar contra el colesterol prohibiendo que las gallinas produzcan huevos no parece ser una práctica lógica. Por ello una solución eficiente y duradera contra la droga -como se ve en el caso del tabaco- no debería centrarse en pelear contra quien la siembra o la produce, sino que deberían orientarse todos los esfuerzos en tratar que la población tenga motivación suficiente para decirle no a su consumo.

Rolando Arellano C.

Centrum Católica

Arellano Investigación de Marketing

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